Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Pasear y comer en la calle Arroyo

Desde Pellegrini hasta Juncal, algunas paradas recomendadas sobre la exquisita arteria del barrio de Retiro. Un atajo perfecto para sentirse como en Europa sin cruzar el charco.

Por Connie Llompart Laigle

Viernes 03 de noviembre de 2017

Las dos cuadras que conforman, según Eduardo Mallea, el “codo aristocrático de Buenos Aires”, sumidas en el silencio a pesar de estar a pasos de la 9 de Julio, discurren por la glamorosa calle Arroyo en el tramo comprendido entre Pellegrini y Juncal. Recorrerlas basta para transportarse hacia algún rincón del viejo continente.

Arroyo tiene el espíritu del ave Fénix. Nació bajo el nombre de Calle de las Tunas, porque al principio era una barranca tan peligrosa que estaba alfombrada con esas cactáceas para evitar que se transitara por ella. En 1882 se llamó Pueyrredón y, veinte años más tarde, fue bautizada como hoy la conocemos, en homenaje a Manuel Andrés Arroyo y Pinedo, funcionario y militar argentino que desempeñó un importante papel en la resistencia contra las Invasiones Inglesas al Río de la Plata. Después, llegaron los hermanos croatas Massimiliano y Miguel Bencich para levantar cuatro joyas de la arquitectura porteña (en Arroyo 824, 828, 941 y 894): las galerías de arte más refinadas, como Palatina; la noche porteña de ricos y famosos en la boîte Mau Mau –donde hoy funciona el encriptado bar y restaurante Florería Atlántico–, hasta que, en 1992, explotó la bomba en la embajada de Israel y el esplendor del barrio se tiñó con un luto difícil de olvidar.

El correr de los años dejó el testimonio del memorial en una silenciosa plaza arbolada. De a poco y sin hacer ruido, empezaron a surgir nuevas pistas del renacimiento inevitable. Sin dudas, la llegada de Gallery Nights, en 2001, fue un aire renovador fundamental y la llave que abrió los espacios de arte al público, que comenzó a disfrutarlas con copa de espumante en mano. Le siguió el desembarco de algunos reductos gourmet que se instalaron con la discreción justa para que no se corriera la voz de un probable polo gastronómico en un distrito tan elegante. Son reductos pequeños, cálidos, que en su mayoría ofrecen cosas ricas para disfrutar in situ o para llevar y pasear. Aquí, las paradas sugeridas.

THE SHELTER COFFEE

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Solo siete mesitas en este refugio que recrea un retazo de Nueva York, otro de París, y un toque de Londres. Masculino es el adjetivo que mejor describe la atmósfera de este ínfimo café con aire retro surgido en 2015. Colores sobrios, sillones tapizados en cuero color habano y luces tenues a toda hora recrean la sensación de estar en un destino invernal lejano, donde siempre es bienvenida una taza de café caliente por más que el asfalto arda en el centro porteño. Aquí, es obligación sorber un trago de Coffee Town –blend de granos colombianos, zambios y bolivianos– antes de endulzarlo. En Shelter, agregarle azúcar al café es tan criminal como echarle soda al vino. El más pedido: el Flat White, doble expreso + leche, acompañado por macarons de pistacho. TheShelterCoffee

THE UNGALLERY

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Es la joven rebelde de esta calle. Abrió sus puertas en junio de 2016 de la mano de Paola Iorio para reunir a jóvenes artistas argentinos capaces de convertir en arte todo lo que tocan: desde lienzos hasta objetos, remeras y platos que enamoran. Visitarla es una oportunidad para descubrir Artefacto, el sello creativo concebido por los rosarinos radicados en Madrid, Santi Carbonari y Franco Donati. Su obra imprime las estéticas kitsch, camp –fusión de humor e ironía–, surrealista y rococó con iconografía pop, sobre objetos rescatados de anticuarios de todo el mundo. The Ungallery es una buena parada para tomar el pulso de la movida artística no convencional. ungallery_BA

FARINELLI

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

De sus tres locales, el de Arroyo ocupa la planta baja de uno de los cuatro edificios Bencich que embellecen esta calle. Una gran vidriera permite que la luz abrace su decoración despojada. Pocos adornos, bien elegidos, mucho blanco, madera y algún detalle en colorado. Aquí no hay carta ni mozos: sobre un amplio mostrador se despliega un desfile de cacerolas, canastos y soperas llenas con las tentaciones del día que crea la chef María José Moretti –Instituto Argentino de Gastronomía, Sucre, Nectarine–. Todo lo que luce está hecho en casa, con los ingredientes de estación que provee un selecto puñado de productores locales. Frente a la variedad de exquisiteces, el plan es guiarse por el antojo y diseñar el menú a la manera de un picnic, para comer ahí o para llevar. Si bien cada día es diferente, siempre es un placer encontrarse con la cheesecake con mascarpone o con la torta de dátiles. Simple, sano y rico, tres rasgos inconfundibles. www.farinelli.com.ar

30CUARENTA

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Esta recreación de “El País del Nunca Jamás” en el corazón de Arroyo es una parada ineludible para espíritus creativos. En esta juguetería para adultos no hay nada “hecho en China”. Miguel Bornstein y sus hijos son los encargados de resignificar los objetos del pasado en nuevas obras, especialmente en lámparas que son su sello distintivo. Visitarla es una oportunidad para sumergirse en un mundo de colores que recuerdan la paleta de un parque de diversiones, y rodearse de antiguos afiches publicitarios que provocan sonrisas, viajar en el tiempo invitado por un autito de madera, y salir del local con el corazón contento y, por qué no, con alguna creación bajo el brazo. www.30quarenta.com

BRASERO ATLÁNTICO

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Quizás las raíces pinamarenses de su ideólogo sean las responsables combinar en esta parrilla un espíritu veraniego –evocado por mozos “marineros”, uniformados con remeras a rayas azules y blancas que trabajan al son de tangos, polcas y folclores– con la sencillez de un bodegón de inmigrantes. Brasero Atlántico es el segundo capítulo de Florería Atlántico, el mejor bar de Latinoamérica y el Caribe, según Drinks International, que se hizo conocido no sólo por la calidad de sus tragos sino por estar escondido en la trastienda de una florería. Ambos espacios comparten un progenitor: el multifacético Tato Giovanonni. Barman, diseñador, artista. Y dicen que juega al fútbol con el mismo éxito con que prepara el Negroni según la receta de su abuelo, o el gin con notas de yerba mate, pomelo rosado, eucalipto y menta peperina que él destila bajo el nombre de Príncipe de los Apóstoles. Brasero abrió en septiembre de 2015, con una amplia barra –muy Tato–, 36 banquetas, iluminación puntual, murales de monstruos marinos, platos enlozados, cubiertos antiguos y flores, muchas flores. En la cocina, el joven Martín Keene Alderete apuesta por las carnes, por supuesto, y por las conservas (pruebe la de porotos negros salteños). A diferencia de Florería, aquí no se sirven cócteles sino destilados que se embotellan en casa. Brasero-Atlantico

CAFÉ DE LA BIBLIOTHÈQUE

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Hay quienes se sienten intimidados por la elegante presencia del botones en la puerta de Sofitel y siguen de largo, como si lo que sucediera dentro del hotel estuviese reservado para los huéspedes. Lo cierto es que las puertas del Edificio Mihanovich –patrimonio histórico de la ciudad– están abiertas a todo aquel que quiera sentirse, aunque sea durante el tiempo que toma disfrutar de un café, en la biblioteca de un palacio francés. Eso es posible en el Café de la Bibliothèque, uno de los tantos ambientes diseñados por el elegante interiorista francés Pierre-Yves Rochon. Boiserie, paredes enteladas, libros en ambos idiomas, una chimenea que se enciende en invierno y sillones de cuero recrean el ambiente ideal para degustar las creaciones del chef Olivier Falchi, que acaba de estrenar una propuesta para la hora del té. La tarde sucede entre scons, madeleines, muffins, croissants rellenas con almendras, exquisitos blinis de salmón y una variedad de tortas o profiteroles con final feliz: copa de espumante y bombones para dos. www.sofitel.com

GRAND CAFÉ

 
Foto: Lugares/ Sebastián Pani

Donde termina la calle Arroyo y comienza Juncal, hay un desvío que no debe esquivarse. Sobre la breve Basavilbaso, se detecta Grand Café, genial extensión del restaurante y bar Basa al mando del renombrado chef Pablo Campoy. En el salón, de estilo industrial, converge un público ecléctico de empresarios, turistas, amigas y vecinos (muy mimados por el personal). Un racimo de lámparas galponeras ilumina la escena en la que desfilan simpáticos mozos con humeantes tazas de café (tienen, también French Press individual), esponjosas croissants y otras delicias. Si bien el menú es acotado (hay sólo cuatro platos en carta) para ser fiel al concepto de café, cada día hay una propuesta capaz de sorprender: desde un suculento guiso hasta una original ensalada. Sencillo no es sinónimo de poco: si en algo no se escatima es en las raciones. El brunch es poderoso en este espacio, que antes supo ser mercado de flores y milonga. La degustación obligada, huevos benedictinos sobre lomito glaseado y pan tostado con salsa holandesa. Para terminar, el vasito Diva, con mousse de chocolate blanco, coeur de maracuyá, frutos rojos y granola casera. www.grandcafe.com.ar

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